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La Coctelera

prosas_y_cosas

12 Julio 2011

Quinientos años de tempestad

Pocos cuadros como La tempestad han desatado una lluvia tan torrencial de interpretaciones a través del tiempo. Concluido hacia 1508, aunque persisten discrepancias en torno de la fecha de su realización, este óleo es una de las escasas obras —menos de diez— atribuidas con certeza a Giorgio Barbarelli da Castelfranco, mejor conocido como Giorgione, el pintor con quien empieza “el verdadero arte veneciano del colorido, el arte de dar vida incluso al color y de modelarlo con el simple movimiento del pincel”, según anota Gaetano Milanesi en su antología canónica de las Vidas de Giorgio Vasari: el libro de más de seis mil páginas escrito en el siglo XVI y considerado piedra miliar de la crítica y la historia del arte. La breve semblanza a cargo de Vasari despeja ciertas incógnitas biográficas sobre Giorgione, nacido en 1477 o 1478 —de nuevo las discrepancias— y fallecido prematuramente en 1511, a los treinta y cuatro años, pero aumenta el aura de misterio que irradia La tempestad: no hay una sola alusión a la obra que cimentó la inmortalidad del pintor renacentista. Vasari se refiere a “muchos cuadros con Nuestra Señora y varios retratos del natural” ejecutados por Giorgione al principio de su carrera en Venecia; menciona óleos y frescos que se encuentran “dispersos en muchas partes de Italia”; habla de la voz privilegiada del artista, de su gusto por el laúd y de las tertulias que hacía “para conversar y tocar música”, en una de las cuales se enamoró de la mujer que le contagió la peste; describe el cuadro de un hombre desnudo reflejado en una fuente, un coselete y un espejo, “una cosa muy bizarra y fantasiosa” que Giorgione elaboró para probar que la pintura “muestra en un solo plano más vistas que la escultura”. De La tempestad, sin embargo, no se oye ni un murmullo remoto: ¿será que Vasari ponía en duda la autoría de esta obra, o sencillamente no sabía de su existencia? El enigma crece, más aún al advertir que Vasari nació el año de la muerte de Giorgione: el inexplicable equilibrio del mundo se debe a este tipo de intercambios.

Escuché el rumor de La tempestad por primera vez en Los ojos vendados (1992), el debut novelístico de Siri Hustvedt, y desde entonces me acompaña ese “rayo exquisito” que “da al cuadro su peculiar iluminación. No es una luz real sino, antes bien, una especie de luz interior, la luz de recuerdos muy marcados […] Incluso cuando miras la pintura sientes que ya es pasado, que ya la has visto”. En efecto: el déjà vu fue la sensación que se apoderó de mí en octubre de 2008, durante mi estancia de una semana en Venecia, cuando visité las fabulosas Gallerie dell’Accademia y, al cabo de localizar otras dos obras de Giorgione (La vecchia, retrato fechado alrededor de 1502-1503, y La nuda, único vestigio de un fresco pintado hacia 1507-1508, quizá como parte de la reconstrucción emprendida en el Puente del Rialto luego del incendio de enero de 1505), me hallé frente a La tempestad. Confirmé que en el cuadro todo convive en perturbadora armonía: la madonna que amamanta a su bebé a la vera de un camino rocoso, el pastor —hay quienes señalan que es un soldado o un gitano— que se detiene a vigilarlos con gesto inescrutable, el relámpago que rasga el cielo oscuro cernido sobre una ciudad abandonada que podría o no ser Venecia. Parece haber un vínculo secreto entre el rayo y la mujer que observa fijamente al espectador, retándolo a descifrar esa sonrisa insinuada como atisbo de otra tormenta, ofrendándole su desnudez con una impudicia que acentúa la inquietud de la escena: “Soy —oí susurrar a la madonna— la otra centella que hiende el orbe borrascoso.” Poco importa, pensé, el caudal de interpretaciones sobre La tempestad: si el hombre y la mujer son Adán y Eva con su hijo Caín o Yasión y Deméter con su hijo Pluto; si el relámpago representa a Jehová o Zeus; si la grulla apostada en un tejado del fondo es realmente el símbolo de Deméter, la diosa madre nutricia; si la ciudad desierta es el edén del que los personajes fueron expulsados. Lo que importa es que en lugar del pastor, soldado o gitano —así lo revelan los rayos X— Giorgione pintara originalmente otra mujer desnuda: un pentimento que se presta a raras elucubraciones. Importa que desde hace quinientos años haya un diluvio que nos apunta con su dedo eléctrico para decirnos algo que siempre se nos escapará.

[Imagen: Giorgione, La tempestad, ca. 1508]

Tags: arte

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Ciudad de México, México
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Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

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